Desde que era de nuevo feliz, ya nunca escribía nada que valiese realmente la pena.

Se alegraba de su falta de inspiración. Comprendió que la mejor de sus prosas bebía de su desaliento, y que la tinta que mejor hacía fluir su pluma se elaboraba a base de su propio dolor. Mandó las dos al carajo:  pluma y  prosa. A ambas repudiaba por igual. Deseaba perder de vista para siempre a aquella gran tirana llamada inspiración. Girar una esquina y que ella desapareciera, ese era ahora su único anhelo.

No quería en su vida a aquella diva que exigía, a cambio de unas cuantas palabras bonitas, un gran puñado de dolor y soledad. No era un canje justo.

Él, que no cambiaría una risa por la mejor poesía del mundo, que no entregaría un minuto de felicidad a cambio de la mejor novela surgida de su propio puño, no necesitaba a semejante diosa en su vida.

Si escribir significaba sufrir, si siempre que las palabras fluían era porque se trataba de intentar paliar un dolor,  entonces bien pagado se daba con no ser más que otro escritor mediocre. Todo lo entregaba a cambio de no volver a sufrir, así estaba bien.