Llaves, malditas llaves

Tengo un problema con las llaves, pero no solo con las mías: que son pesadas, voluminosas, y me generan no pocos quebraderos de cabeza, sino con todas las llaves en general. Con la tecnología subyacente. Con el concepto propio de llave.

Me cuesta comprender como, en pleno siglo XXI, podemos seguir transportando trocitos de metal de un lado a otro para poder acceder a cada uno de los sitios a los que legítimamente tenemos acceso.

Me resulta tan anticuado esto de estar usando llaves, que a veces pienso que todos los demás avances tecnológicos de la humanidad son una falacia.

En mi opinión, mientras no consigamos desprendernos de ellas, de las llaves, es como si un trozo de la Edad de Hierro viajara aun en el bolsillo del pantalón de cada uno de los humanos.

Es un fracaso que, como especie,  aun tengamos que llevar encima cien trocitos de metal cortados de formas distintas para poder entrar a los sitios.

¿Por qué ha sobrevivido esta tecnología? Quizás la simplicidad del concepto es lo que la hace tan persistente en el tiempo. La llave es simple de usar, no necesita corriente eléctrica y para duplicarla es necesario tener (casi siempre) la llave original, así como herramientas especializadas (lo que la hace en apariencia bastante segura).

Eso hace que su uso se haya extendido hasta tal punto que ahora resulta muy difícil desprenderse de ellas. Quiero creer que es por ese motivo por el que han sobrevivido durante siglos, y no debido a un  extraño complot judeo-masónico-comunista.

De cualquier forma, en mi búsqueda permanente de alternativas al manojo desordenado de  llaves con el que me muevo habitualmente por el mundo, he llegado a varias soluciones interesantes que me ha permitido poner orden al caos.

KeySmart:

Tengo actualmente dos de estos “porta llaves”. Su diseño es simplemente brillante, ocupa muy poco espacio en el bolsillo del pantalón o la chaqueta, y cumple perfectamente su cometido a la vez que aporta bastante estilo al clásico llavero sobrecargado.