
Desde el ángulo apropiado se observa con claridad una verdad incómoda: cada día que pasa nos acercamos más a la muerte. Todos estamos ya muertos en realidad. Muertos al 99% o al 1%, pero acercándonos inexorablemente hacia el final de nuestra existencia y más cerca de ella cada día que pasa.
La fortuna de la condición humana ( o el inconveniente para los excesivamente planificadores) es que no sabemos a ciencia cierta cuándo nos llegará el preciso momento de tener que (forzosamente) abandonar este mundo.
Ni siquiera el tiempo vivido puede ser una variable fiable para considerar cúanto tiempo nos queda en este plano de realidad, pues incluso un joven puede sufrir un infortunio o enfermedad que le arrebate la vida mucho antes de lo esperado.
Dicho así suena deprimente y brutal. Lo sé. No era mi intención, de hecho ésta pretendía (y pretende aun) ser una entrada de blog vitalista.
Pensémoslo por un instante: todos nuestros miedos, todas nuestras vergüenzas, nuestro temor a defraudar o hacer el ridículo… todo queda absolutamente eclipsado por la muerte.
Entonces ¿por qué actuamos como actuamos? Si nos paramos a pensar, nos comportamos de un modo absurdo. Nos autosaboteamos y nos ponemos mil excusas para no vivir del modo que realmente deseamos.
Desde esta perspectiva, desde la perspectiva de saber que vamos a morir, solo deberíamos pensar en vivir de una manera acorde con nuestros valores, y de un modo que no perjudiquemos intencionadamente a nadie.
Así que si puedo transmitir una idea sería la siguiente: ¡VIVE!
Y es un grito al aire, si, pero también un recordatorio para mi mismo
¡VIVE!, ya apenas queda tiempo para ser tú mismo… no lo dejes.

Deja una respuesta