La vida me ha enseñado que ciertos objetos -los escogidos meticulosamente- pueden proporcionar grandes satisfacciones. En general también menos decepciones que algunas de las personas que, aun siendo importantes en algún momento de tu vida, desaparecieron sin dejar más rastro que el rencor y la amargura.
No sucede con todos los objetos, claro, sino solo con unos pocos, con aquellos elegidos con esmero. Objetos que uno se pasa meses deseando y admirando antes de poder adquirirlos.
Solo cuando uno está plenamente convencido de querer un objeto, hasta el punto de llegar a amarlo en cierto modo, es cuando debería plantearse adquirirlo. Lo demás es consumismo atroz y voraz, que solo provoca ausencia de gozo y ansiedad.
Es por eso que no entiendo a la gente que se jacta de acumular objetos de mala calidad del TEMU o proveedores similares ¿Qué gozo pueden extraer de la mediocridad de esos objetos? ¿Qué vacío interno están intentando llenar acumulando tanto objeto de mala calidad?
De verdad que no lo entiendo. Yo, en cambio, siempre he tenido querencia por detenerme en apreciar las formas de los objetos, sus texturas, su propia calidad constructiva que no siempre se deduce directamente de los materiales.
Solo he querido escoger objetos que yo considerara que tuvieran alma y calidad.
Supongo que todo se debe, en realidad, a que nunca dejé de ser un diseñador industrial frustrado, y a que siempre he valorado forma y función por igual. Un objeto feo nunca me ha servido, por muy útil que fuera. Del mismo modo que nunca he conservado un objeto bonito sin utilidad práctica.
Con el paso del tiempo, no obstante, he aprendido a valorar por encima de todo a aquellos objetos que me han acompañado durante años e incluso décadas de mi vida. Hace falta tener poso vivido para poder hacer este tipo de apreciaciones, pero ahora con 49 años, tengo más que suficiente.
Aquí dejo una lista de mis objetos favoritos. Alguno de ellos lo he poseído, otros en cambio no, pero todos aparecen en esta lista por alguna razón.

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